5.12.09

Microcuento de Pedro Guillermo Jara.

El hombre de los pies quemados.


Por extrañas circunstancias al hombre se le habí­an quemado los pies. Era dos tizones como leños oscuros. Al caminar por las calles sus pasos se escuchaban así­: ¡Tic-toc!... ¡Tic-toc!

Los niños, curiosos, seguí­an al hombre de los pies quemados, no por compasión, ni burla, ni nada de eso. Lo seguían porque al caminar desde los pies se desprendí­an pequeños trozos de carbón que los niños se disputaban a gritos. Con estos trozos los niños dibujaban nubes, corderos, soles, lunas y lluvia, en las paredes de la población.

En algunas oportunidades los adultos también seguí­an al hombre de los pies quemados, recogí­an los trozos de carbón y escribían consignas en las paredes, llamando a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, ideas que se habí­an perdido en el tiempo.

Aguja e hilo.


Mis hilos se han roto, definitivamente he olvidado como se tejen los sueños. Ultimamente se limitan a aparecer de golpe, escasos destellos azules que duran segundos y se van antes de que pueda sacar aguja e hilo.

Trozos de vidrio al noroeste de mi anatomia.


Esta mañana la vi de nuevo reflejada espejo, con miles de trozos de vidrio incrustados en el cuerpo. Veo mucha gente a su lado, aunque su mirada refleja una terrible soledad que abrumadoramente se pierde al final de la habitación en algún punto distante, vacío y sin sentido. Me mira de vez en cuando de reojo, pero me pregunto ¿que piensa? No se porque pero ella me recuerda a alguien conocido, tal vez al pasado imperfecto claro. Me pregunto quien fue y si tiene alguna idea de lo que sera. Trato de preguntarselo en voz alta y pareciera que quisiera interrumpirme, y de repente se queda en silencio y así sin mas sale de la habitación.


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